Carinata, camelina y colza: los cultivos de invierno que ganan terreno y abren la puerta a los biocombustibles

Impulsadas por la demanda global de energía sustentable, estas oleaginosas emergen como una alternativa rentable para intensificar rotaciones, mejorar suelos y generar nuevas oportunidades para el agro argentino.
Agricultura 20/03/2026RedaccionRedaccion

En medio de la búsqueda por sistemas agrícolas más eficientes y sostenibles, tres cultivos comienzan a ganar protagonismo en los esquemas productivos argentinos: la carinata, la camelina y la colza. Estas oleaginosas invernales no solo aportan diversificación a las rotaciones, sino que también se posicionan como piezas clave en el desarrollo de biocombustibles avanzados.

A diferencia del complejo sojero tradicional, estos cultivos operan bajo modelos productivos y comerciales diferenciados, con fuerte orientación hacia mercados energéticos que demandan materias primas con menor huella ambiental.

Una alternativa para intensificar sin expandir superficie

Uno de los principales motores de su crecimiento es la posibilidad de aprovechar el barbecho invernal. En un país con amplias superficies ociosas durante esa estación, estas especies permiten sumar un nuevo ciclo productivo sin desplazar cultivos estivales.

En este esquema, funcionan como “cultivos de servicio con renta”: generan ingresos y, al mismo tiempo, mantienen el suelo activo con procesos de fotosíntesis y captura de carbono. La colza y la carinata se adaptan mejor a ventanas largas, mientras que la camelina, de ciclo más corto, encaja en planteos más ajustados.

Beneficios que van más allá del rinde

Desde el punto de vista agronómico, estas oleaginosas aportan mejoras concretas al sistema. Su sistema radicular profundo contribuye a descompactar el suelo, mejorar la infiltración de agua y optimizar la aireación.

Además, generan un alto volumen de biomasa que impacta positivamente en el contenido de carbono orgánico y la disponibilidad de nutrientes. En paralelo, su efecto alelopático —especialmente marcado en camelina— ayuda a reducir la presión de malezas, un aspecto clave en zonas con resistencias.

Este conjunto de beneficios refuerza el rol de la diversificación en las rotaciones, una estrategia cada vez más valorada dentro del manejo agronómico moderno.

El empuje de la transición energética

El crecimiento de estos cultivos no se explica solo por cuestiones productivas. La expansión de la industria de biocombustibles está generando una demanda creciente de aceites certificados, especialmente para biodiésel y combustibles de nueva generación.

Entre ellos, el combustible sostenible de aviación (SAF) aparece como uno de los grandes impulsores. Este tipo de energía puede reducir hasta un 80% las emisiones respecto a los combustibles fósiles, y ya cuenta con cientos de proyectos en desarrollo a nivel global.

En este contexto, Argentina empieza a posicionarse con iniciativas industriales vinculadas a la producción de HVO y SAF, lo que abre una ventana concreta para estos cultivos como proveedores de materia prima.

Dónde se producen y cuánto rinden

La expansión territorial ya es visible. La colza muestra mayor presencia en el norte del país —Tucumán, Chaco y Santiago del Estero—, aunque también se cultiva en Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. En esta última provincia, comparte protagonismo con la camelina, especialmente en el sudoeste.

Entre Ríos lidera en superficie, con más de 30.000 hectáreas implantadas y una producción cercana a las 50.000 toneladas en la última campaña.

A nivel nacional, se estima que las oleaginosas invernales alcanzaron unas 170.000 hectáreas en 2025, muy por encima de las cerca de 30.000 hectáreas registradas apenas tres años atrás.

En términos de rendimiento, la colza promedia alrededor de 2 toneladas por hectárea, con picos superiores en el sudeste bonaerense. La camelina se ubica entre 0,6 y 1,2 t/ha, mientras que la carinata ronda 1,4 t/ha.

Los desafíos para escalar

Pese al crecimiento, el desarrollo de estas cadenas enfrenta desafíos. A nivel local, el principal punto pasa por transformar los beneficios ambientales en ingresos concretos para el productor, lo que requiere avanzar en sistemas de certificación y trazabilidad.

También resulta clave fortalecer la genética, mejorar el manejo agronómico —especialmente en la implantación— y consolidar la infraestructura industrial y logística.

En paralelo, el mercado exige volumen, continuidad y cumplimiento de estándares internacionales, lo que obliga a una mayor articulación entre los distintos eslabones de la cadena.

Investigación y potencial a futuro

El avance de estos cultivos está respaldado por un entramado de investigación público-privado que busca acelerar su adopción. Universidades, organismos técnicos y empresas trabajan en el desarrollo de variedades adaptadas y en la generación de información para distintos ambientes productivos.

En este escenario, Argentina cuenta con una ventaja clave: la disponibilidad de superficie en invierno y una base productiva con experiencia en siembra directa y manejo sustentable.

Así, carinata, camelina y colza se perfilan no solo como una alternativa agronómica, sino como una oportunidad estratégica para insertar al agro argentino en la transición energética global.

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